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  • Foto del escritorCarmen San Antón Pedernales

UNA mirada indiscreta.

Actualizado: 17 abr 2021

Llevo andando mucho tiempo, en realidad, ya no se hacer otra cosa, andar y andar , del sur al norte, del norte a "más" norte, no sé por que tiro hacia arriba, si soy del sur, y aquí, la lluvia me persigue, lleva 10 días lloviendo, a veces, suave, a veces con intensidad, es octubre.

No sé que hago aquí, hay mucho trabajo, dicen, pero eso a mí no me importa. Yo no trabajo, por convicción, el trabajo es un castigo, lo dijo el cura del pueblo, por lo del paraíso y la manzana. Nunca entendí esa historia, pero sí entendí que era un castigo, y mí no me castiga ni dios. Soy un rebelde, un anarquista, un pirata tuerto y feo, (me gustaría), creo que aplicándome, lo conseguiré.

Estoy en el norte, me gusta la bruma y los bosques oscuros que llegan hasta el mar, este mar que son todos los mares, me lo explicó un borracho en una taberna llena, pero, llena, de telarañas y pellejos de vino, me emborraché con él, me emborracho enseguida, como poco y mal y es lo que pasa. Bueno, la taberna estaba llena de telarañas, era su decoración. Era admirable, unas, largas, otras, tupidas, otras, sutiles como la seda, llena de tonalidades grisáceas. Era el Versalles de las tabernas, ( soy vago pero, leído, leer, no es un trabajo).

El tabernero es limpio, echa serrín en el suelo, saca brillo a su barra y a las mesas, era raro como yo, esta orgulloso de sus telas colgantes, es el último representante de un mundo de vino barato, tascas oscuras y marineros supervivientes de todos los naufragios.

Soy muy estricto con mis ideas, soy un radical, si algo es trabajo, no lo hago. Si creo o siento que no lo es, lo hago. Al final, siempre estoy haciendo algo, soy hiperactivo, por eso, ando tanto, quiero ser un vago de provecho.

Estaba hablando de las telarañas de la taberna, ese era el pueblo soñado, el tabernero, mi alma gemela. Un tipo que decide presumir de tener telarañas en su taberna, es un sabio, es el pirata tuerto y feo. Me quedo en este pueblo, hay tabernas, marineros y mujeres con las piernas al aire, cosiendo redes frente al mar.

Hablan una lengua extraña, yo ya lo sabía antes de venir, soy muy leído, y disfruto de ello. Me gusta no entender, no quiero entender, entender da mucho trabajo y yo, no trabajo. En la taberna hablan y cantan, cantan mucho, en esa lengua extraña, a mí no me molestan, me he integrado perfectamente con las telarañas, soy una telaraña, paso tan inadvertido, que el tabernero se olvida de cobrarme creyendo que soy parte de la decoración.

El tabernero pone el vaso de vino con un galleta "maría" encima. Otra rareza del tipo, nadie come la galleta, ni le extraña, a mi me gusta, por la mañana mojo la galleta en el vino y me reconforta. Incluso cojo discretamente galletas que se quedan por la barra.

Nadie dice nada, ellos comen bacalao, anchoas y pimientos verdes fritos .Yo con mis galletas, tengo bastante.

He pensado en quedarme aquí a vivir, entre los pellejos de vino, no imagino un lugar mejor, pero, no funcionaría, el tabernero, me echaría y no quiero perder su respeto. Soy un hombre formal.

Siempre hay alguien que me habla, sobre todo, borrachos, dicen muchas mentiras, me agrada mucho, a mi no me gusta la verdad, me hace daño. Le pregunté al compadre por la isla que se veía muy cerca del puerto, no tenía árboles, ni construcción ninguna. El hombre se entusiasmó, así pude tomar unos cuantos vinos con galletas maría, que el paisano pagó encantado. Me contó, en un castellano muy suyo, que el corsario Francis Drake había estado en ella y que también hubo un convento y que un fraile se escapaba todas las noches para estar con una "lamia" que vivía en un peñón y que era del pueblo porque lo habían ganado, con mérito, disputándolo al pueblo de al lado, que también quería la isla, en una regata, con dos traineras. Eso había ocurrido hacía muchos años, pero la victoria era para siempre. ¿Y para que queréis la isla?, pregunté yo, que no tengo nada más que mi bolsa. Me miró extrañado, tú ¿no la querrías?. !Ay! me había tocado en el fondo de mi ser. Siempre llevo un libro conmigo, lo encontré tirado por ahí, lo saqué de mi bolsa y se lo enseñe: La isla del tesoro de L. Stevenson. Él no lo había leído y yo me sentí muy importante, le conté la historia, que sabía de memoria y me escuchó muy interesado, los dos sabíamos que la historia era cierta, pero, él, quería seguir hablando del pueblo. Dijo, muy serio, que ellos no venían de una estirpe de piratas sino de balleneros, los mejores del mundo, era mucho más valiente, arriesgado y honrado que ser pirata, dijo con el énfasis que dan varios vasos de vino, acaso, ¿no me había dado cuenta de que en el escudo del pueblo había una ballena ?.No, no me había dado cuenta, pero prometí que me fijaría y nos despedimos como viejos conocidos de toda la vida.

El problema es siempre la noche, sobre todo cuando llego a un sitio desconocido y casi siempre estoy en sitios desconocidos, por lo tanto, la noche es el problema. La noche anterior había dormido en el pórtico de una iglesia, me lavé la cara y las manos con el agua bendita de la pila, pero no me gusta que nadie me vea dormir o que me despierte por la mañana, de malas maneras.

Había que buscar algún sitio adecuado y me puse a ello. Recorrí el pueblo y al llegar al final de una calle, observé que salían tres caminos en dirección al campo. Como soy raro y retorcido, cogí el de una cuesta empinada, en vez de los otros dos, que parecían mas suaves y cómodos.

Subí el camino, salpicado de casas, huertas y vacas hasta lo alto de una colina desde donde se veía el pueblo y el mar con su isla. Todo estaba tranquilo y silencioso, siete u ocho casas muy grandes, de labranza, rodeaban la iglesia, con una hermosa campa donde estaba una escuela, un lavadero, y una pequeña ermita. Era un lugar muy bonito, pero, a mí no me iba a servir, buscaba alguna construcción abandonada, una cuadra, un chozo, un cobijo, pero nada, no veía nada parecido. Di un paseo e iba a volver al pueblo a seguir buscando, cuando me llamó la atención una bonita casa, rodeada de un muro de piedra, miré con discreción, estaba llena de flores y parras de uva que trepaban por las paredes. Seguí bajando el camino y estudiando la casa, era diferente del resto, igual, pero diferente. Le rodeaba un campo sin labrar, con árboles frutales y tenía tres balcones que le daban vistas al mar y la isla.

No estaba vallado ni había rejas. Esta gente es muy confiada, no hay rejas y he visto muchas puertas abiertas en la aldea. Pero, sobre todo, en esa casa no se veían animales, ni burros, ni vacas, ni bueyes ni perros. Tengo mucho miedo de los perros, tengo más miedo de los perros que de los civiles, que ya es decir. Procuro evitar a los dos, defienden la propiedad con fuerza y convicción y yo no tengo ninguna propiedad ni nada que defender. Además, hay una ley de vagos y maleantes y hay que andar con cuidado. Seguí estudiando la casa, no veía la fachada, o sea, no entraban por allí. Que no tuvieran perro ni vallas, me animaba muchísimo. Había una puerta de madera entreabierta, observé.

Tengo mucha experiencia, he recorrido mil caminos y mil pueblos de esta tierra nuestra y sé muchas cosas. Mi amigo Remigio, que es el pobre oficial de Muelas de los Caballeros (Zamora), dice que me jubile ya de los caminos y que me instale como mendigo de algún lugar, que deje de ser un vagabundo, que ya he aprendido todo y que la gente agradece mucho tener un mendigo de confianza en su pueblo.

Desde el camino, veía muy bien la puerta, seguro que llevaba tiempo entreabierta, lo que significaba que no la utilizaban ni se preocupaban por ella.

Sería fácil acceder a ella a través del huerto de frutales. Bajé al pueblo a tomar el último vino con galleta y a organizar mi plan.

Subiría de noche, sigiloso y escurridizo como soy, cruzaría el huerto e inspeccionaría la casa con mis ojos de gato y mi linterna. Subí, la noche era cerrada y rodee la casa con mi linterna, vi la puerta de entrada que tenía en la parte superior un balcón, estaba toda la casa rodeada de árboles y flores y muy cerca de la iglesia.

Me acerqué a la puerta entreabierta y vi que era el sótano de la casa, hacía tiempo que la familia no lo pisaba, en su oscuro interior había un montón de carbón, leña apilada, un madero donde apoyar los leños, un hacha y !sorpresa!, una gran alfombra enroscada que , por alguna razón, se había quedado allí. También había un grifo y una vieja palangana. Ese lugar, me estaba esperando, desenrollé la alfombra, coloque mi abrigo en el madero para que hiciera de almohada, me tendí cubierto con mi manta sobre la alfombra y me dormí. Tenía mucha experiencia y sabía como actuar, no hacer ruido ni dejar huellas, entrar de noche y salir al alba. Si seguía mi método, tendría una habitación confortable durante algún tiempo.

Al día siguiente, bajé al pueblo a seguir mi rutina, el vino con la galleta, y luego, al mercado. No pido en las iglesias ni conventos, yo voy a los mercados, me distraen más. Éste es colorista y abigarrado, en el exterior, descansan los burros con sus dos grandes cestos hechos con alguna corteza, bajan todos los días con mujeres sentadas en sus lomos desde sus caseríos. Las mujeres controlan el mercado, pescaderas, fruteras, campesinas con sus huevos y puerros, carniceras, panaderas, floristas, tenderas variadas.

Todos los puestos los llevan las mujeres, algún carnicero, es la excepción. Eso es bueno para mi, el dinero corre de mano en mano y es más fácil pillar algo, que si está guardado en el bolsillo.

Durante el día prefiero relacionarme con mujeres, son mejores para ayudar y tienen otro corazón. Son mujeres fuertes acostumbradas al trabajo físico y también, a organizar y decidir.

Para beber vino, prefiero a los hombres. No sabría emborracharme con una mujer, me gustan mucho y no sabría que decirle.

Como en el mercado, es una buena costumbre que tengo, alguna manzana, naranjas,

nueces(me gustan mucho y me han dicho que son buenas para la inteligencia y la memoria), lo que pillo, y algunas pesetas que recolecto, me dan para el día.

Por la tarde, al puerto, a mirar la isla y los barcos. Yo podría vivir en la isla, como Robinson Crusoe, ese es mi segundo libro favorito, no he leído tanto como presumo, pero los pocos que he leído, los aprendo de memoria y me acompañan a todas partes. Hay uno que encontré en el banco de un parque, que se llamaba La Metamorfosis que no pude leer y ahora, me arrepiento. No lo entendí y me dio como repelús que un tío se convierta en cucaracha, lo dejé en el banco y ahora, busco el libro, por si lo encuentro.

Hombres solitarios pescan en sus chalupas que son o bien rojas o bien, azules. Están muy quietos, en silencio allá en el mar, cerca de la isla, poco a poco van volviendo al puerto, es hora de ir a la taberna hasta que cierre y me echen.

Me había integrado bien en el mercado y en la taberna, son los únicos lugares que me importan y llevo varios días tranquilo, con mis rutinas.

Pero soy inquieto, raro y retorcido, cuando algo va bien, me la juego. No lo puedo remediar, y empiezo a hacer cosas raras, por eso soy vagabundo, me tengo que ir de todos los lados, lo que dice Remigio, conmigo, no funciona.

Estaba una noche acostado sobre la alfombra mirando el techo de madera que era el suelo de la casa. Con mi linterna y una vela que había pillado en el mercado, me distraía mirando las formas y dibujos que las vetas formaban. Saqué mi navaja, me daban ganas de escribir: yo he dormido aquí y mi nombre. Me quedé dormido.

Tengo que controlarme y seguir mi método, continuar con la rutina, el mercado, el puerto y la taberna. Una noche más y esta vez, con insomnio, escuchaba los pasos de la familia de arriba y sonidos de la casa, hoy se acostaban más tarde, no me gustaba, me había acostumbrado al silencio. Encendí la linterna, saqué la navaja, empecé a tallar la madera de mi techo, de su suelo. Primero, despacio, después más fuerte e hice un agujero pequeño, redondo, puse un ojo y vi luz. Me asusté. No dormí en toda la noche.

Volví una vez más, todo seguía igual, me fui tranquilizando, realmente el agujero era muy pequeño, la casa antigua, por lo menos, 100 años.

Volví a hacer otro con mi navaja, esta vez un poco más grande, también vi luz, me gustaba. Quizá era buena idea, podría controlar los horarios de la familia desde el sótano.

Otra noche más, empieza a gustarme mi vida, el pueblo es alegre y generoso, no molestaba ni me molestaban. No me falta de nada, esta tarde, sin ir más lejos, una mujer me ha regalado una bolsa de pescado en el puerto, le dije que no, gracias, pero puso mala cara, dije que sí, que sí, que sí y la mujer se relajó. Cogí mi bolsa de pescado fresco y fui a una esquina donde no había nadie y tiré al mar todo su contenido.

No se puede comer pescado crudo, por un momento, pensé en dárselo al tabernero y comerlo con los parroquianos, pero no, hubieran empezado las preguntas y yo no tengo respuestas.

A veces, me acostaba imaginando a la familia con la que compartía casa, nunca les había visto, por las pisadas calculaba que serían cinco o seis, no eran campesinos, pero vivían allí, sería quizá el maestro, había visto una escuela. Pensar en ellos, me ayudaba a dormir.

Como siempre, me levanté al alba, pero como soy retorcido y nervioso, en vez de salir corriendo y escurriéndome hacia el camino, miré hacia la casa, total, era muy temprano y estarían dormidos. Esa zona era umbría con paredes de piedra a un lado, parecían antiguos establos y gallineros en desuso y la casa, al otro lado, de una estrecha vereda. Subí por ésta y vi una fresquera que sobresalía del muro, anduve un poco más y en un recodo de la casa vi una ventana. No me pude reprimir y me asomé a ella, vi una gran cocina, claro, por eso, estaba cerca la fresquera, estaba mirando el mueble con los platos que había en el interior, cuando unas voces en la lengua extraña me sobresaltaron, miré en la dirección del sonido y allí estaba la mujer de la casa, increpándome desde el otro extremo. No entendí nada, pero lo comprendí todo, di un brinco y salí corriendo en dirección al pueblo, dejando a la mujer quieta en su sitio, paralizada por la sorpresa.

Llegué al pueblo y como de costumbre, hice tiempo hasta que abrieran la taberna. No me tranquilicé hasta que tomé mi vino con mi galleta, el tabernero me vio tan pálido y desvalido que me regaló un paquete de galletas. Mi cabeza daba vueltas, seguro que la mujer bajaba al mercado, me reconocería y me señalaría como indeseable, mirón y no sé cuantas cosas más, perdería el aprecio de las mujeres, del tabernero, volvería a estar solo. No se lo voy a contar a Remigio, jamás, pensaría que soy un inútil que no sirve ni para vagabundo.

Quizá no, había dejado todo en orden en el sótano, no había ninguna relación entre el sótano y la ventana, quizá no le había dado importancia y seguía todo igual...Esta noche volvería a subir y no volvería a hacer cosas raras. Seguiría mi método y todo volvería a ser como debía ser. Pasé la tarde mirando la isla, nervioso, con el corazón lleno de nubarrones. Por fin, llegó la hora se subir, llegue hasta la puerta, estaba cerrada, le habían colocado una cadena y un candado.

Bajé despacio la colina, me esperaba la iglesia con su agua bendita, mi mala cabeza me devolvía a mi lugar, no tenía que haber mirado por la ventana, pero no tengo remedio, cuando todo va bien, siempre termino liándola, es porque soy hiperactivo.

Mañana de vuelta al camino, andar y andar, otro pueblo, otras noches...


Nota: Fragmento (corregido) de un diario manuscrito, hallado entre las pertenencias de un vagabundo en la residencia de las Hermanitas de los Pobres de Bilbao. Se han perdido el nombre y la fecha.

Cedido por una religiosa de la Orden que guarda el anonimato porque tiene voto de silencio. Gracias, hermana, por conservarlo.



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